
Cada vez que mi marido me invita a comer afuera empiezan las discusiones.
En lo personal me gustan los lugares chiquitos, con mantelitos elegantes, música de fondo muy suave y velitas encendidas en el medio de la mesa.
Él prefiere lugares amplios y recomendados por amigos ( que realmente saben, creeme, confiá en mi, dejate llevar...), enormes bodegones oscuros, con televisores de plasma gigantes que transmiten partidos de deportes que no entiendo ni me interesa entender, donde todos hablan fuerte y no puedo escuchar ni el sonido de mis pensamientos y, fundamentalmente, no hay mantel.
Para colmo de males hay que esperar para conseguir lugar aunque uno llegue a las 7 de la tarde y encima entregan un maldito aparatito que empieza a vibrar como un condenado cuando designan el lugar donde uno se va a sentar.
En ese momento empieza el verdadero calvario; asientos duros como para hacer penitencia, empleados que caminan rápido por los pasillos sin ir a ninguna parte, menú acotado y pegajoso, porciones para alimentar a osos que pasaron el invierno en hibernación sazonadas como para el 7mo de caballería y un grupo de mozos de sonrisa petrificada y frente transpirada que lo único que les interesa es que les desocupemos los asientos rapidito así levantan más propinas por noche ( le pasan un trapito roñoso a la mesa y pasa el que sigue)
Todos parecen el ejemplo más específico de la eficiencia y actúan como corredores de Fórmula 1 que nunca paran en boxes.
Te hacen ordenar todo de una (yo que sé si voy a querer postre apenas me siento?) y hay que aferrarse con uñas y dientes al plato para que no lo retiren antes que uno termine de comer.
Ni hablar de variaciones
- Las costillitas pueden ser sin salsa?
- No, los platos son tal cual están en la carta (léase mugrosa hoja a color plastificada)
Mi malhumor crece a medida que los minutos corren y la pseudo noche romántica termina con un profundo silencio de mi parte que mi marido parece no notar ya que hace chistes, se come lo mío y lo de él y disfruta de todo como un marrano.
Lo peor de todo siempre viene cuando nos subimos al auto rumbo a casa y con sonrisa almibarada me dice:
- Comimos bárbaro bichi...Viste que tenía razón!