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miércoles, 10 de agosto de 2011

Las flores de Azul




Hace muchos años, veintiuno, estaba sola, con un hijo de tan solo cuatro y embarazada.
En apariencia, el bebé que venía en camino no parecía estar bien y mi condición física tampoco era la mejor.
Se planteó la posibilidad de interrupción del embarazo por motivos médicos y quedó en mis manos la decisión final.
Caminé en soledad pensando y pensando en ese ser chiquitito que ya vivía dentro mio.
Llegué al consultorio del obstetra y le dije:

- Lo voy a tener.

El médico me miró a los ojos y agregó:

- Bienvenido entonces...

Con su mano, secó una lágrima que caía por mi mejilla.
Un intenso olor a jazmines invadía la habitación.

Y me sentí bien, menos sola, con muchas ganas de enfrentar lo que el futuro tenía reservado para mi.

Mi bebé tendría la oportunidad de asomarse a este mundo.

Meses después, una beba completamente sana, mi hija Azul, reafirmó mi creencia en las elecciones hechas con el corazón.

Hoy, ese recuerdo brota fuerte y se queda en mi, asociado a cosas que están pasando en mi presente...

La semana pasada, esperaba con real ansiedad la consulta con un especialista sobre unos análisis de rutina que no habían dado el resultado esperado. Esa ansiedad no solo era mía, mi marido y mi hija, estaban tan inquietos como yo.
La consulta fue positiva y el pronóstico favorable, lo que no impidió que una hora después me descompusiera.
Gracias a la rápida intervención de mi hija, terminé internada en un Sanatorio cerca de mi casa.
Después de distintos análisis, resonancia magnética, RX y muchas pero muchas horas de incertidumbre, logré el alta con indicación de reposo.
Todo ese tiempo mi hija estuvo a mi lado, con su diligencia habitual para resolver situaciones y con su cariño incondicional hacia mi, demostrado siempre a través de pequeños detalles.

Como las flores.

Las que encontré un poco marchitas arriba de la mesa cuando llegamos a casa.

- Son tuyas... Las únicas blancas que conseguí... Las compré temprano para regalártelas después de la consulta con el especialista pero como salimos corriendo porque te sentías mal, no llegué a dártelas...

Con la emoción a flor de piel, levanté el humilde ramito, lo puse en agua y lo llevé a mi cuarto, donde me quedé dormida pensando en mis hijos.
Horas después, la fragancia de las flores me despertó.
Lucían increíblemente frescas.

Y me sentí bien, medio marchita, pero con muchas ganas de revivir.

Como las flores de Azul... Sencillo símbolo de elecciones y decisiones del pasado, que muestran que los pequeños gestos son los que le dan sentido y razón a la esperanza.

domingo, 19 de junio de 2011

Del tiempo y la ausencia



Papá:

Quiero que sepas que si pudiera volver el tiempo atrás...

Probablemente alargaría el mediodía de los sábados, ese espacio único que compartíamos, sandwich mediante, contándonos lo más importante de la semana.
Intentaría detener el tiempo para decirte que tenías razón, que debería haber aceptado la beca y haberme ido a París en lugar de casarme (y haber salido corriendo, como me ofreciste, diez minutos antes de entrar al Registro Civil, sin dar explicaciones a nadie más que a mi misma).
Seguramente elegiría colgarme de tu brazo y acompañarte una vez más a la cancha de Independiente, para gritar emocionada cada vez que la pelota se acercara al arco.
Y, sin ninguna duda, volvería al fatídico día, en el que a pesar de haber intuido tu futura ausencia, me bajé del auto y me fui, dejándote solo para enfrentar la muerte.

Pero tengo claro que no puedo volver el tiempo atrás...

No puedo volver a subirme a ese auto ni acompañarte a ese partido de tenis donde te moriste solo, sin nadie que sostuviera tu mano o te abrazara en la agonía.
Hoy, a pesar del tiempo y de tu ausencia, sigo pensando que debería haber estado ahí.
Y no estuve.
Me hago cargo.


Aunque no pase un solo día en el que no me arrepienta de haberme bajado de ese auto.
Ni un solo día.

Ni uno solo.



Virginia





Para leer más sobre mi papá pueden hacerlo acá.

El post no admite comentarios.

martes, 7 de junio de 2011

Cuna Llena



Hace muchos años, mi papá, soñaba con un hijo varón que lo acompañara en sus tardes de fútbol de los sábados, que compartiera su pasión por los autos alemanes y que entendiera su amor por el box.
Nací yo, mujer, más aficionada a los clubes de fútbol que a las muñecas, apasionada por los fierros y fanática del ring side.

Hace muchos años, mi tío Dick, el negro, soñaba con un varoncito que lo acompañara a cazar, que adorara los animales y que compartiera silencios cómplices en algún bar de Avellaneda.
Nací yo, mujer, acomodadora de escopetas y desplumadora de perdices, incondicional de cuánto animal perdido y enfermo se cruzara en el camino y compañera de bar y silencios mirando Bonanza.

Hace muchos años, mi abuelo, lloraba desconsoladamente la muerte de su único hijo varón, fallecido después de una cruel y larga enfermedad. Buscaba desesperadamente rescatar recuerdos, compartir vivencias y tapar el enorme dolor que anidaba en su pecho.
Nació un varón, mi hermano, quién lo ayudó a hilvanar recuerdos, fue compañero fiel y sostuvo su mano en el tramo final de su vida.

Hoy, no dejo de pensar que esos tres grandes hombres se quedaron con la cuna vacía... Papá, por morir demasiado pronto, mi tío, por no poder concretar el sueño del tan ansiado hijo varón, y mi abuelo, por tratar de reemplazar con un nieto, el lugar del hijo.

Ayer conocí a Juan Martín, mi primer y único sobrino.
Al sostenerlo entre mis brazos tuve una sensación única de genuino alivio.
Comprendí que los viejos recuerdos de anhelos ajenos se diluían de una vez y para siempre.
Miré a mi hermano y a su mujer y me dí cuenta que, por fin, la cuna largamente esperada estaba llena.
Con sueños propios e ilusiones nuevas.
Sin carga ni lastre.
Una cuna llena en estado puro.

Repleta de oportunidades para poder ser uno mismo.


jueves, 19 de mayo de 2011

De cal y de arena


Mi abuela María fue una adelantada a su época.
De buena familia, descolló en su círculo de amistades por su gran belleza y su figura excepcional.
Se sentía una princesa con un maravilloso futuro por delante; se imaginaba casada con el hombre de sus sueños y con una vida plena y feliz rodeada de sus afectos.
Lamentablemente, tuvo que someterse al mandato familiar y aceptar casarse muy joven, con un hombre mayor que no era de su agrado, al que no dudó en abandonar para irse lejos, a otra provincia, con apenas unos pesos en el bolsillo y el corazón exultante de amor por un jovencito agradable, que prometía demasiado y desapareció en cuánto mi abuela se embarazó.
Sola, con un hijo a cuestas, se enamoró perdidamente de un violinista español, casado el hombre, con quién vivió una gran pasión que le dejó dos hijos más, uno de ellos mi padre, y el compromiso de darles su apellido algún día.
El tiempo pasó y se volvió a enamorar de un viajante que murió en un accidente, poco antes que naciera el bebé que esperaban.
Mi abuela la pasó mal, lejos de su familia, con 4 hijos y ningún padre a la vista.
Trabajó duro pero no bajó nunca los brazos ni abandonó a sus pequeños, que tuvieron que hacer de todo junto con ella para salir adelante.
Mi viejo vendió fruta en la calle subido a un carro, limpió las jaulas del circo en el que trabajó mi abuela y fue lustrabotas improvisado en avenidas y calles de Buenos Aires.
Nunca tuvo juguetes, salvo una pelota hecha de medias rotas con la que jugaba al fútbol el domingo después de misa, descalzo, para no arruinar sus zapatos gastados.
Se quedaron muchas noches a pan y leche porque la plata no alcanzaba... Pero juntos, siempre juntos. Y me atrevo a decir que hasta felices. Una princesa en desgracia y sus cuatro laboriosos hijos, solos contra un mundo muchas veces hostil pero siempre luminoso, gracias a la secreta esperanza de tiempos mejores que finalmente llegaron.
Siendo mi padre un adolescente, mi abuela conoció a quién siempre llamé abuelo, Blas, un buen tipo de gran corazón, que tomó por propios a los cuatro sin padre y les dio un hogar confortable y la posibilidad de estudiar.
Años después, el violinista apareció para dejar su apellido y algunas propiedades y plata. Mi papá aceptó el apellido y nada más. Y conservó su orgullo intacto.
Trabajó mucho y progresó, se enamoró y formó su propia familia.

Recuerdo el momento exacto en el que me contó su historia.
Estábamos mirando una revista española que mostraba fotos de príncipes y princesas y se me nubló la vista viendo tanto lujo y belleza. Suspiré y le dije:

- ¡Qué suerte que tienen!
- ¿Quienes?, preguntó mi papá.
- Las princesas, me siento Cenicienta al lado de ellas...

Mi papá me miró con una expresión en sus ojos que nunca olvidaré y empezó a contarme su infancia, que yo no conocía.
Cuando terminó, con lágrimas en los ojos, agregó:

- Vos siempre vas a ser princesa. Algún día te vas a dar cuenta que heredaste mucho de mi madre. Las princesas no son solamente personajes de cuentos de hadas. Son aquellas que logran conservar la ilusión más allá de la circunstancia que les toque vivir. Y tenés eso. Creeme.

Lo abracé y me puse a llorar pensando en todo lo que había pasado en su vida.
Allí estaba, íntegro y seguro de sí mismo. Un gran hombre. Mi viejo.

Hoy, cuando la enfermedad y los problemas familiares están tocando a la puerta por un lado y, por el otro, viajes y proyectos laborales que solo imaginé en mis sueños comienzan a hacerse realidad, siento que las cosas nunca se dan cuando deberían...

Y me doy cuenta que la vida es eso.

Una de cal y otra de arena.

Lo bueno de no ser Cenicienta es no tener que vivir esperando que un hada madrina me toque con su varita mágica y modifique mi existencia.
Las verdaderas princesas luchamos contra todo y buscamos la forma de salir adelante.

Porque sabemos que el esfuerzo y la perseverancia pueden más que la magia.

Y porque a pesar de todo, mantenemos la ilusión intacta...





El de la foto es mi papá

domingo, 15 de agosto de 2010

La golondrina y la carabela



Cuando estaba en el colegio secundario me pidieron para una materia que se llamaba Actividades Prácticas, la confección de un animal en tela. Ante mi falta total de habilidad manual le pedí ayuda a mi abuela, experta en todo lo que tuviera que ver con bordado, tejido y costura.
Contenta de poder ayudarme pusimos manos a la obra, yo miraba y aprendía mientras ella hacía y me guiaba.
Desplegó un amplio corte de pañolenci negro, tijera, hilos, agujas y botones y me preguntó:

- ¿Qué hacemos?
- Hummm… ¿Un pájaro?
- ¿Qué pájaro te gustaría?
- ¿Un cuervo?
- ¿Qué te parece una golondrina?
- ¿Por?
- La golondrina es muy especial… ¿Sabías que siempre se va, pero regresa en primavera? Cuenta una leyenda que si uno le ata una florcita amarilla en la patita te lleva con ella emprendiendo vuelo…

Cortamos, cosimos y nos quedó bastante bien. Cuando pensé que ya estaba lista mi abuela me dijo:

- Espera, le vamos a bordar una flor en la patita… Nunca se sabe…

Después que la profesora me calificara con una muy buena nota se la regalé a mi abuela. Muy feliz, me dijo:

- Me gustaría darte algo a cambio…

Se dirigió a una vitrina y me mostró una carabela de filigrana, un objeto que sabía le había regalado mi bisabuela y que ella guardaba con todo cariño. Le dije:

- No abuela, no puedo aceptarla. Era de tu mamá…
- Es que me gustaría que la conserves.
- Prefiero que la sigas teniendo vos. Gracias igual…

Cerró la puerta de cristal de la vitrina con cierta tristeza en sus ojos y musitó:

- Pronto será tuya…

Pasaron los meses y mi abuela se fue marchitando poco a poco; una terrible enfermedad terminal se la llevó rápido, muy rápido.
Poco después de su muerte, mi mamá y mis tías decidieron buscar las alhajas que guardaba bajo llave en un cajón de la cómoda. Querían ponerlas en una caja de seguridad del banco.
Las acompañé. No podía dejar de sentir una enorme curiosidad por ver las joyas que allí guardaba.
Al abrirlo no pude dejar de admirar cada uno de sus anillos y su collar de perlas. Al costado, la golondrina de pañolenci era la nota disonante entre cosas caras y vistosas.
La saqué de su lugar sumamente conmovida al darme cuenta que mi abuela había puesto algo mío con sus objetos más valiosos. Al levantarla noté que debajo de ella estaba la carabela y un papel escrito. Entre lágrimas reconocí su letra.
La nota decía:

Para que tu imaginación siempre navegue acompañando tus sueños. Te quiere. Tu abuela



Y desde entonces, cada primavera, imagino que su espíritu levanta vuelo, buscando incansablemente, aquello que llamamos eternidad…

domingo, 16 de mayo de 2010

El regalo




Durante toda mi infancia y mi adolescencia mis padres se peleaban entre sí por darme el mejor regalo de cumpleaños.
Pasaban meses discutiendo sobre cuál podía ser el mejor y competían por darme cosas caras y sumamente llamativas poco adecuadas para mi edad.
Cada año apostaban quién me daría el mejor regalo. Nunca quedaba muy claro quién ganaba y yo no tomaba partido por nadie pero agradecía todo con la misma forzada efusividad.
Una mañana, un mes antes de mi cumpleaños número 20, mientras desayunábamos, saqué una revista de un enorme revistero que teníamos en la cocina y me puse a leerla.
Adentro, encontré la foto de una polvera muy antigua de plata con incrustaciones en lapislázuli.
Miré la inscripción que la acompañaba y no pude evitar suspirar al descubrir que era de fines del XVIII. Imaginé que el precio debía ser exorbitante no solo por su belleza sino también por su antigüedad.
Con un gesto de fastidio puse la revista en su lugar y volví a suspirar. Mi padre me dijo:

- ¿A qué viene tanto suspiro?
- Nada nada… Algo que vi en una revista que me encantó.
- ¿En cuál?
- Nada que vaya a comprarme papá...

Sin decir más me fui de la cocina y 5 minutos después me olvidé completamente del asunto.
El día de mi cumpleaños me desperté y encontré un paquetito bajo mi almohada.
Lo abrí y me encontré con la polvera.
Me levanté inmediatamente y corrí a la cocina a buscar a mi papá que estaba desayunando.
Lo abracé y le dije:

- ¿Cómo pudiste saber exactamente lo que quería?
- En realidad no estaba seguro… Revisé revista por revista hasta que encontré la que creía estabas mirando y vi la doble página con cosas para regalar…
- ¡Se ve que me conocés papá!

Con cara de culpa me dijo:

- Bueno… Tenía mis dudas…

Se levantó y me pidió que lo acompañara hasta el escritorio. Entramos y me encontré con muchos paquetes en el piso envueltos para regalo…

- Como no estaba seguro compré todas las otras cosas que había en la revista que pensé que podían gustarte…

Lo miré con los ojos llenos de lágrimas. Le dije bajito:

- Este año ganaste vos.
- Pero si todavía no viste todo lo que te compró tu mamá…

Apenas pude susurrar antes de ponerme a llorar:

- Vos buscaste la revista…

domingo, 14 de febrero de 2010

Por aquellos que amé III (reloaded)

Esto lo publiqué hace tiempo pero hoy, día de los enamorados, lo vuelvo a subir en homenaje al papá de mis hijos y al gran amor que nos tuvimos.


Mi primer marido y papá de mis hijos se fue un día soleado y sin una sola nube de enero de 1997. Recuerdo bien el momento porque pensaba como puede morirse alguien con un sol pletórico de vida.
Nuestra matrimonio no fue fácil o tal vez éramos demasiado jóvenes para un compromiso tan intenso como el de pasar toda la vida juntos.
Era un hombre atractivo, alegre y bonachón en su simplicidad; extrovertido y simpático que me amaba intensamente con toda la pasión que era capaz de experimentar.
Tal vez por su juventud, las responsabilidades empezaron a pesarle demasiado y comenzó a sentir que representábamos una carga para un presente y un futuro de diversiones que en la diaria cotidianeidad resultaba imposible compartir.
Tomó caminos equivocados y se perdió a sí mismo varias veces pero era tan fuerte que terminó encontrándose para intentar rehacer su vida.
Más que lastimarnos a nuestros hijos y a mí, se lastimó a sí mismo y con profunda pena tuve que aceptar que había cambiado, que el chico que conocí se había convertido en un ser amargo y desconfiado.
Meses antes de morir le pregunté directamente, mirándolo a los ojos:

- ¿Recordás el daño que nos hiciste?
- Algo (contestó)
- Yo ya te perdoné.
- El problema es que yo no puedo perdonarme... ( y se fue con lágrimas en los ojos y un dolor enorme en el corazón)

Hoy, si hubiera un lugar donde dejarle un mensaje a los que no están, escribiría esto, sólo entre él y yo:

- Elijo quedarme con los buenos recuerdos.

Sé, que al leerlo, por fin descansaría.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Las cosas buenas



Cuando era chica mis pedidos de regalos en Nochebuena se remitían a una sola línea:
Un perro
Cada 24 de diciembre por la noche miraba fijo al cielo esperando que mágicamente bajara mi esperado presente de la mano de Santa Claus. Cuando apesadumbrada entraba a la casa me encontraba con monstruosas muñecas de tamaño natural que más que agradarme me asustaban terriblemente o con juegos de té de porcelana diminutos que no me hacían ninguna gracia.
En la Navidad de mis 7 años decidí tomar el toro por las astas y conminé a Papá Noel, en una muy agresiva carta, que me fuera entregado un perrito a la brevedad o sencillamente destrozaría todos los regalos recibidos.
Lamentablemente mi carta no fue tenida en cuenta; recibí un muy coqueto vestido blanco y una muñeca que caminaba como una verdadera autómata, blonda y perfecta, ideal para cualquier pequeñita que jugara con algo así…No yo.
Recuerdo que guardé los obsequios en el placard y me acosté llorando. Decidí no esperar ni pedir nada más.
En ese entonces vivía con mis tíos, una pareja que me adoraba pero respetaba a rajatabla los deseos de mis padres con respecto a la educación que debía recibir.
Mi tío era el ser que más quería en el mundo, amante de los animales, maravilloso tutor que siempre tenía la palabra justa y el abrazo necesario para hacerme sentir menos sola y abandonada en este mundo.
Esa Navidad lo escuché discutir y dar un fuerte portazo. Los días subsiguientes, se limitó a acariciar mi cabeza revolviendo mi corto pelo rubio y de vez en cuando hacerme un guiño cómplice que no entendía pero que aceptaba a pesar de mi enojo con el mundo.
El 31 de diciembre a las 12, cuando todos brindaban salió a la calle y volvió rápidamente con una caja de cartón muy humilde que me entregó con total naturalidad ante la cara de desaprobación del resto de los mayores.

- Me dijo Papá Noel que se olvidó de dártelo el 24 y te lo trajo hoy


Dentro de la caja había un cachorro de pointer adorable que fue mi compañero de aventuras por años, el amigo que siempre quise y el ejemplo más concreto que las cosas buenas pasan, a veces no cuando las esperamos, pero pasan.
Ese día mi tío me enseñó que siempre hay que esperar lo mejor, que aunque algo no llegue cuando lo esperamos no significa que no va a venir.

Les deseo a todos que sepan esperar las cosas buenas, que sigan persiguiendo sus sueños y nunca los abandonen.
Feliz año


Para mi tío Dik ( el negro) que nunca se fue realmente porque sigue en mi corazón.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Ataque de risa



Hace unos años tenía que hacerme un estudio médico de cierta complejidad que me generaba miedo por no estar bien interiorizada con el procedimiento.
Ante mis dudas con respecto al tema y mi terror manifiesto el especialista recomendó tomar un tranquilizante unas horas antes del estudio en cuestión. Me extendió una receta y muy feliz y campante fui a la farmacia más cercana y lo compré. El día programado para su realización llamé a mi amiga M para que me acompañara y por las dudas en vez de tomarme media pastillita me tomé dos para estar bien pero bien relajada.
Pasé con mi auto a buscarla y nos fuimos derechito para el Hospital donde me esperaba el médico y su equipo.
A las diez cuadras y a media hora de la ingesta algo comenzó a andar, como decirlo, diferente.
Todo se veía luminoso y alegre, bajé la ventanilla de mi auto y prodigué innumerables piropos a cuanto colectivero me tiro el bondi encima; los taxistas me parecían personajes maravillosos que cumplían una función casi pastoral al desplazar a las personas rumbo a sus trabajos o sus domicilios.
Con la radio a todo volumen no podía dejar de cantar a viva voz y hacer mover el auto al compás de la música creando casi casi la recreación perfecta de una loca de atar.
Mi amiga M me contemplaba con cara de terror y se agarraba como podía de los lugares más sólidos del auto, ya que me pareció lo más conveniente del mundo, conducir por la avenida Santa Fe a más de 80 km por hora, haciendo oleeeeeee cada vez que pasaba a otro auto o a un pobre transeúnte tratando de cruzar la calle.

- Pará pará pará loca que nos vamos a matar ( me gritó mi amiga M)

De un manotazo tomó el control, me tiró del pelo y en el medio de un ataque de risa estacioné de una manera ridícula.
No podía parar de reír, cada palabra que me decía M me parecía el chiste mejor contado, cada canción lo mismo, cada frase una sugerencia para provocar mi loco desenfreno.

- Qué tomaste? (preguntó M)
- Pepe pepepepé pepé pepepepé pepé (cantando)
- Qué tomaste? ( reiteró M con tono mucho más grave)
- Uns alplashhhh,no nonono, másmásmás…doshhh (atiné a decir en el medio de carcajadas incontenibles)
- Bajate ( me ordenó M con un empujón)
- Jajaja ta biennnnnnnnnnnnnn

Me hizo caminar y mientras caminaba me abracé a un árbol estirando el brazo como si sostuviera un paraguas e imitando una vieja película me puse a cantar singing in the rain…Aunque no llovía.
Recuerdo que la gente me miraba y que perdí de vista a M quién apareció de golpe con una botella de agua mineral en la mano ( que habría comprado en un quiosco cercano imagino ) y sin más me tiró todo el agua encima arruinando mi maravilloso alisado con planchita que me habían hecho el día anterior en la peluquería.
Ahí nomás me dio un cachetazo fuertísimo y me hizo subir al auto.
Si bien todavía me reía, los ojos se me cerraban con un cansancio inusual.
Me abracé al volante con sensación de caída libre sin paracaídas a la vista.
Debo haber estado así como media hora mientras M leía tranquilamente una revista y sonreía por lo bajo.
De pronto levanté mi cara y ví que era de noche.

- Qué pasó? ( le pregunté a M que estaba fumando un cigarrillo y escuchando música suave en la radio)
- Te dormiste. Debés ser la única persona en el mundo a la que los tranquilizantes le provocan ataques de risa y de locura ( me dijo tentándose)
- No fui al médico! ( miré mi celular pero parecía moverse aunque estaba quieto)
- Tenés flor de mareo Vir, ya saqué el número de tu celu, llamé y cancelé
- No le habrás contado al médico, no? ( pregunté sabiendo de antemano la respuesta aunque no queriendo oírla)
- Siiiiiiiiiiiiiiiiii, nos reímos como locos, es un tipo macanudo. Dice que entraste en el pequeño porcentaje de personas que presentan reacciones contrarias a las previstas al medicamento…Che, es casado? ( con carita de interés)
- Si ( me miré al espejo: mi cabeza era lo más parecido a un nido de caranchos)

Arranqué y me dirigí a casa de M donde la dejé; cuando se bajó me dijo:

- Vir, cuando arregles el nuevo turno con el médico…No me llames ( y se fue rumbo a la puerta de entrada de su edificio)

Me fui a casa con el rabo entre las piernas pensando los papelones hechos en el barrio, después de un rato y un té verde abrí mis emails en la PC.
Uno me llamó la atención de inmediato.
Era de M.
El título era Alplashhh que me hiciste mal y estaba dirigido a mi y a TODOS los contactos que tenía (una cantidad infernal )
Al abrirlo me encontré con dos fotos para el olvido ( tomadas con su celular, obvio, con muy poca definición ya que esto fue hace unos años y no salían tan perfectas como ahora) una agarrada al árbol, otra con toda el agua cayendo y chorreando por mi cabeza.
Debajo de ellas, una sóla línea

Mi amiga Vir que está loca pero igual la quiero…



Desde entonces...Ni aspirina tomo

jueves, 1 de octubre de 2009

Homenaje a mi papá

Hoy 1ro de octubre se cumple un nuevo aniversario de la muerte de mi padre. Este post ya había sido publicado pero lo reedito como un sencillo recuerdo a su memoria.No admite comentarios


Por aquellos que amé



Mi viejo murió hace demasiados años como para tener presente cada una de las líneas de su cara.
Pero aún así...lo recuerdo o por lo menos recuerdo la idea de él, de su protección incondicional hacia aquellos que amaba, su increíble capacidad para tener una solución a casi todos los problemas y su irrefrenable mal carácter.
Tenía frases que pasaron al acervo cultural familiar, como cuando decía poniendo un dedo sobre una de nuestras orejas dejame descansar el dedo que lo tengo muy cansado o mirando directo a los ojos no esperaba menos de vos, si las notas de mi boletín de calificaciones eran buenas o ¿viene en colores ahora?, si eran malas.
Tenía amigos, muchos, con quienes compartía los sábados de fútbol en la quinta de los Allona, donde muchas veces lo esperé sentada detrás del arco, disfrutando su presencia.
Era un hombre de silencios, de muchos apodos (el loco prieto, el conde, el trompa), de códigos sencillos y de enorme voluntad.
Con él aprendí que los brazos no se bajan, que siempre hay tiempo para cambiar las cosas, que arrepentirse no es mala palabra y que siempre hay que intentar sobrevivir, cueste lo que cueste.
Tenía una fe casi irracional en mí y en mi capacidad para el estudio y el trabajo; sus expectativas eran tan altas que más de una vez me preocupó defraudarlo.
Hoy, si hubiera un lugar donde dejarle un mensaje a los que no están, escribiría esto, sólo entre él y yo:

- Me gradué en la vida con honores

Sé que entendería.

sábado, 20 de junio de 2009

Por aquellos que amé III


Mi primer marido y papá de mis hijos se fue un día soleado y sin una sola nube de enero de 1997. Recuerdo bien el momento porque pensaba como puede morirse alguien con este sol pletórico de vida.
Nuestra matrimonio no fue fácil o tal vez éramos demasiado jóvenes para un compromiso tan intenso como el de pasar toda la vida juntos.
Era un hombre atractivo, alegre y bonachón en su simplicidad; extrovertido y simpático que me amaba intensamente con toda la pasión que era capaz de experimentar.
Tal vez por su juventud las responsabilidades empezaron a pesarle demasiado y comenzó a sentir que representábamos una carga para un presente y un futuro de diversiones que en la diaria cotidianeidad resultaba imposible compartir.
Tomó caminos equivocados y se perdió a sí mismo varias veces pero era tan fuerte que terminó encontrándose para intentar rehacer su vida.
Más que lastimarnos a nuestros hijos y a mí se lastimó a sí mismo y con profunda pena tuve que aceptar que había cambiado, que el muchacho que conocí se había convertido en un ser desconfiado y amargado.
Meses antes de morir le pregunté directamente, mirándolo a los ojos:
- Recordás el daño que nos hiciste?
- Algo (contestó)
- Yo ya te perdoné ( le dije)
- El problema es que yo no puedo perdonarme ( y se fue con lágrimas en los ojos y un enorme dolor en el corazón)
Hoy, si hubiera un lugar donde dejarle un mensaje a los que no están, escribiría esto, sólo entre él y yo:
- Elijo quedarme con los buenos recuerdos.
Se, que al leerlo, al fin descansaría.

viernes, 22 de mayo de 2009

Por aquellos que amé II



Mi abuelo José murió hace ya más de una década dejándome huérfana de tierna calidez y de palabras indicadas en el momento justo.
Era un hombre sencillo con enormes cualidades y pequeñas debilidades que lo hacían más humano ante mis ojos.
Vino de su Galicia natal muy joven, con una mano atrás y otra adelante huyendo de la miseria y dejando atrás una familia empobrecida que ya no podía mantenerlo.
Acá se labró un presente y un futuro a fuerza de trabajo y recibió muchos cachetazos de la vida cuando fue perdiendo de a poco a muchos de los que amaba.
Era el hombre más paciente que conocí y también el más despistado, solía perderse en dos cuadras a la redonda y olvidar sus anteojos en los lugares más inverosímiles.
Amaba los niños, las plantas y la cestería (era un verdadero artista trabajando el mimbre) y aunque era un fabricante de sonidos extraños al tomar una sopa o un café era imposible no sentir ternura por ese viejito de mirada pícara y manos callosas.
Si bien ya no está creo que nunca se fue realmente, que dejó su marca grabada a fuego en mi memoria a través de sus consejos que aún resuenan en mis oídos ( a los chicos no se les pega ni se les grita, hay que tener más paciencia, pensalo dos veces) y a través de acciones que no puedo ni quiero olvidar ( ofreciéndome su tiempo, sus ganas y su ayuda en momentos difíciles que hoy prefiero dejar atrás).
Cuando pienso en él me gusta recordarlo ágil y vivaz entre plantas de frutillas y cada vez que paso cerca del palo borracho que donó a la plaza que está a metros de mi casa lo saludo mentalmente y pienso que una parte de él aún permanece.
Hoy, si hubiera un lugar donde dejarle un mensaje a los que no están, escribiría esto, sólo entre él y yo:
- Nunca te dije cuánto te quería.
Sé que sonreiría.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Recuerditos

A veces siento que las cosas han cambiado mucho, que los días se me van rapidísimo y que hay demasiadas cosas que me estoy perdiendo.
Cuando afloran los recuerdos del pasado pienso en lo que me hacía bien y generalmente termino llorando.
Menciono algunos:

- Tener el control remoto del televisor solo para mí
- Arreglarme para alguien que me viene a buscar
- Recibir flores (con tarjetita y todo)
- Hablar horas y horas por teléfono con amigas sobre hombres
- Esperar una llamada telefónica o un mensajito de texto de alguien especial
- Darme un baño de espuma de dos horas sin que nadie toque a la puerta diciendo que necesita entrar
- Gastarme medio sueldo en ese vestidito divino que parece hecho solo para mi
- Ir al super solo como diversión o para comprar dos o tres cosas básicas
- Tener TODA la cama para mí
- Levantarme a la hora que se me dé la gana el fin de semana
- No hacer nada y no sentirme culpable por eso

Después de recordar me seco las lágrimas rápido, cierro la puerta imaginaria de los recuerdos que está en mi cerebro y continúo, hacia adelante, pensando en el hoy…
Acompañada

sábado, 28 de marzo de 2009

Por aquellos que amé




Mi viejo murió hace demasiados años como para tener presente cada una de las líneas de su cara.
Pero aún así…lo recuerdo o por lo menos recuerdo la idea de él, de su protección incondicional hacia aquellos que amaba, su increíble capacidad para tener una solución a casi todos los problemas y su irrefrenable mal carácter.
Tenía frases que pasaron al acervo cultural familiar, como cuando decía poniendo un dedo sobre una de nuestras orejas “dejame descansar el dedo que lo tengo muy cansado” o mirando directo a los ojos “no esperaba menos de vos”, si las notas de mi boletín de calificaciones eran buenas o “¿viene en colores ahora?”, si eran malas.
Tenía amigos, muchos, con quienes compartía los sábados de fútbol en la quinta de los Allona, donde muchas veces lo esperé sentada atrás del arco, disfrutando su presencia.
Era un hombre de silencios, de muchos apodos (el loco prieto, el conde, el trompa), de códigos sencillos y de enorme voluntad.
Con él aprendí que los brazos no se bajan, que siempre hay tiempo para cambiar las cosas, que arrepentirse no es mala palabra y que siempre hay que intentar sobrevivir, cueste lo que cueste.
Tenía una fe casi irracional en mí y en mi capacidad para el estudio y el trabajo, sus expectativas eran tan altas que más de una vez me preocupó defraudarlo.
Hoy, si hubiera un lugar donde dejarle un mensaje a los que no están, escribiría esto, sólo entre él y yo:

- Me gradué en la vida con honores

Sé que entendería.