
Mi abuela María fue una adelantada a su época.
De buena familia, descolló en su círculo de amistades por su gran belleza y su figura excepcional.
Se sentía una princesa con un maravilloso futuro por delante; se imaginaba casada con el hombre de sus sueños y con una vida plena y feliz rodeada de sus afectos.
Lamentablemente, tuvo que someterse al mandato familiar y aceptar casarse muy joven, con un hombre mayor que no era de su agrado, al que no dudó en abandonar para irse lejos, a otra provincia, con apenas unos pesos en el bolsillo y el corazón exultante de amor por un jovencito agradable, que prometía demasiado y desapareció en cuánto mi abuela se embarazó.
Sola, con un hijo a cuestas, se enamoró perdidamente de un violinista español, casado el hombre, con quién vivió una gran pasión que le dejó dos hijos más,
uno de ellos mi padre, y el compromiso de darles su apellido algún día.
El tiempo pasó y se volvió a enamorar de un viajante que murió en un accidente, poco antes que naciera el bebé que esperaban.
Mi abuela la pasó mal, lejos de su familia, con 4 hijos y ningún padre a la vista.
Trabajó duro pero no bajó nunca los brazos ni abandonó a sus pequeños, que tuvieron que hacer de todo junto con ella para salir adelante.
Mi viejo vendió fruta en la calle subido a un carro, limpió las jaulas del circo en el que trabajó mi abuela y fue lustrabotas improvisado en avenidas y calles de Buenos Aires.
Nunca tuvo juguetes, salvo una pelota hecha de medias rotas con la que jugaba al fútbol el domingo después de misa, descalzo, para no arruinar sus zapatos gastados.
Se quedaron muchas noches a pan y leche porque la plata no alcanzaba... Pero juntos, siempre juntos. Y me atrevo a decir que hasta felices. Una princesa en desgracia y sus cuatro laboriosos hijos, solos contra un mundo muchas veces hostil pero siempre luminoso, gracias a la secreta esperanza de tiempos mejores que finalmente llegaron.
Siendo mi padre un adolescente, mi abuela conoció a quién siempre llamé abuelo, Blas, un buen tipo de gran corazón, que tomó por propios a los cuatro sin padre y les dio un hogar confortable y la posibilidad de estudiar.
Años después, el violinista apareció para dejar su apellido y algunas propiedades y plata. Mi papá aceptó el apellido y nada más. Y conservó su orgullo intacto.
Trabajó mucho y progresó, se enamoró y formó su propia familia.
Recuerdo el momento exacto en el que me contó su historia.
Estábamos mirando una revista española que mostraba fotos de príncipes y princesas y se me nubló la vista viendo tanto lujo y belleza. Suspiré y le dije:
-
¡Qué suerte que tienen!-
¿Quienes?, preguntó mi papá.
-
Las princesas, me siento Cenicienta al lado de ellas...
Mi papá me miró con una expresión en sus ojos que nunca olvidaré y empezó a contarme su infancia, que yo no conocía.
Cuando terminó, con lágrimas en los ojos, agregó:
-
Vos siempre vas a ser princesa. Algún día te vas a dar cuenta que heredaste mucho de mi madre. Las princesas no son solamente personajes de cuentos de hadas. Son aquellas que logran conservar la ilusión más allá de la circunstancia que les toque vivir. Y tenés eso. Creeme.Lo abracé y me puse a llorar pensando en todo lo que había pasado en su vida.
Allí estaba, íntegro y seguro de sí mismo. Un gran hombre.
Mi viejo.
Hoy, cuando la enfermedad y los problemas familiares están tocando a la puerta por un lado y, por el otro, viajes y proyectos laborales que solo imaginé en mis sueños comienzan a hacerse realidad, siento que las cosas nunca se dan cuando deberían...
Y me doy cuenta que la vida es eso.
Una de cal y otra de arena.
Lo bueno de no ser
Cenicienta es no tener que vivir esperando que un hada madrina me toque con su varita mágica y modifique mi existencia.
Las verdaderas princesas luchamos contra todo y buscamos la forma de salir adelante.
Porque sabemos que el esfuerzo y la perseverancia pueden más que la magia.
Y porque a pesar de todo, mantenemos la ilusión intacta...
El de la foto es mi papá