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domingo, 19 de junio de 2011

Del tiempo y la ausencia



Papá:

Quiero que sepas que si pudiera volver el tiempo atrás...

Probablemente alargaría el mediodía de los sábados, ese espacio único que compartíamos, sandwich mediante, contándonos lo más importante de la semana.
Intentaría detener el tiempo para decirte que tenías razón, que debería haber aceptado la beca y haberme ido a París en lugar de casarme (y haber salido corriendo, como me ofreciste, diez minutos antes de entrar al Registro Civil, sin dar explicaciones a nadie más que a mi misma).
Seguramente elegiría colgarme de tu brazo y acompañarte una vez más a la cancha de Independiente, para gritar emocionada cada vez que la pelota se acercara al arco.
Y, sin ninguna duda, volvería al fatídico día, en el que a pesar de haber intuido tu futura ausencia, me bajé del auto y me fui, dejándote solo para enfrentar la muerte.

Pero tengo claro que no puedo volver el tiempo atrás...

No puedo volver a subirme a ese auto ni acompañarte a ese partido de tenis donde te moriste solo, sin nadie que sostuviera tu mano o te abrazara en la agonía.
Hoy, a pesar del tiempo y de tu ausencia, sigo pensando que debería haber estado ahí.
Y no estuve.
Me hago cargo.


Aunque no pase un solo día en el que no me arrepienta de haberme bajado de ese auto.
Ni un solo día.

Ni uno solo.



Virginia





Para leer más sobre mi papá pueden hacerlo acá.

El post no admite comentarios.

martes, 7 de junio de 2011

Cuna Llena



Hace muchos años, mi papá, soñaba con un hijo varón que lo acompañara en sus tardes de fútbol de los sábados, que compartiera su pasión por los autos alemanes y que entendiera su amor por el box.
Nací yo, mujer, más aficionada a los clubes de fútbol que a las muñecas, apasionada por los fierros y fanática del ring side.

Hace muchos años, mi tío Dick, el negro, soñaba con un varoncito que lo acompañara a cazar, que adorara los animales y que compartiera silencios cómplices en algún bar de Avellaneda.
Nací yo, mujer, acomodadora de escopetas y desplumadora de perdices, incondicional de cuánto animal perdido y enfermo se cruzara en el camino y compañera de bar y silencios mirando Bonanza.

Hace muchos años, mi abuelo, lloraba desconsoladamente la muerte de su único hijo varón, fallecido después de una cruel y larga enfermedad. Buscaba desesperadamente rescatar recuerdos, compartir vivencias y tapar el enorme dolor que anidaba en su pecho.
Nació un varón, mi hermano, quién lo ayudó a hilvanar recuerdos, fue compañero fiel y sostuvo su mano en el tramo final de su vida.

Hoy, no dejo de pensar que esos tres grandes hombres se quedaron con la cuna vacía... Papá, por morir demasiado pronto, mi tío, por no poder concretar el sueño del tan ansiado hijo varón, y mi abuelo, por tratar de reemplazar con un nieto, el lugar del hijo.

Ayer conocí a Juan Martín, mi primer y único sobrino.
Al sostenerlo entre mis brazos tuve una sensación única de genuino alivio.
Comprendí que los viejos recuerdos de anhelos ajenos se diluían de una vez y para siempre.
Miré a mi hermano y a su mujer y me dí cuenta que, por fin, la cuna largamente esperada estaba llena.
Con sueños propios e ilusiones nuevas.
Sin carga ni lastre.
Una cuna llena en estado puro.

Repleta de oportunidades para poder ser uno mismo.


jueves, 19 de mayo de 2011

De cal y de arena


Mi abuela María fue una adelantada a su época.
De buena familia, descolló en su círculo de amistades por su gran belleza y su figura excepcional.
Se sentía una princesa con un maravilloso futuro por delante; se imaginaba casada con el hombre de sus sueños y con una vida plena y feliz rodeada de sus afectos.
Lamentablemente, tuvo que someterse al mandato familiar y aceptar casarse muy joven, con un hombre mayor que no era de su agrado, al que no dudó en abandonar para irse lejos, a otra provincia, con apenas unos pesos en el bolsillo y el corazón exultante de amor por un jovencito agradable, que prometía demasiado y desapareció en cuánto mi abuela se embarazó.
Sola, con un hijo a cuestas, se enamoró perdidamente de un violinista español, casado el hombre, con quién vivió una gran pasión que le dejó dos hijos más, uno de ellos mi padre, y el compromiso de darles su apellido algún día.
El tiempo pasó y se volvió a enamorar de un viajante que murió en un accidente, poco antes que naciera el bebé que esperaban.
Mi abuela la pasó mal, lejos de su familia, con 4 hijos y ningún padre a la vista.
Trabajó duro pero no bajó nunca los brazos ni abandonó a sus pequeños, que tuvieron que hacer de todo junto con ella para salir adelante.
Mi viejo vendió fruta en la calle subido a un carro, limpió las jaulas del circo en el que trabajó mi abuela y fue lustrabotas improvisado en avenidas y calles de Buenos Aires.
Nunca tuvo juguetes, salvo una pelota hecha de medias rotas con la que jugaba al fútbol el domingo después de misa, descalzo, para no arruinar sus zapatos gastados.
Se quedaron muchas noches a pan y leche porque la plata no alcanzaba... Pero juntos, siempre juntos. Y me atrevo a decir que hasta felices. Una princesa en desgracia y sus cuatro laboriosos hijos, solos contra un mundo muchas veces hostil pero siempre luminoso, gracias a la secreta esperanza de tiempos mejores que finalmente llegaron.
Siendo mi padre un adolescente, mi abuela conoció a quién siempre llamé abuelo, Blas, un buen tipo de gran corazón, que tomó por propios a los cuatro sin padre y les dio un hogar confortable y la posibilidad de estudiar.
Años después, el violinista apareció para dejar su apellido y algunas propiedades y plata. Mi papá aceptó el apellido y nada más. Y conservó su orgullo intacto.
Trabajó mucho y progresó, se enamoró y formó su propia familia.

Recuerdo el momento exacto en el que me contó su historia.
Estábamos mirando una revista española que mostraba fotos de príncipes y princesas y se me nubló la vista viendo tanto lujo y belleza. Suspiré y le dije:

- ¡Qué suerte que tienen!
- ¿Quienes?, preguntó mi papá.
- Las princesas, me siento Cenicienta al lado de ellas...

Mi papá me miró con una expresión en sus ojos que nunca olvidaré y empezó a contarme su infancia, que yo no conocía.
Cuando terminó, con lágrimas en los ojos, agregó:

- Vos siempre vas a ser princesa. Algún día te vas a dar cuenta que heredaste mucho de mi madre. Las princesas no son solamente personajes de cuentos de hadas. Son aquellas que logran conservar la ilusión más allá de la circunstancia que les toque vivir. Y tenés eso. Creeme.

Lo abracé y me puse a llorar pensando en todo lo que había pasado en su vida.
Allí estaba, íntegro y seguro de sí mismo. Un gran hombre. Mi viejo.

Hoy, cuando la enfermedad y los problemas familiares están tocando a la puerta por un lado y, por el otro, viajes y proyectos laborales que solo imaginé en mis sueños comienzan a hacerse realidad, siento que las cosas nunca se dan cuando deberían...

Y me doy cuenta que la vida es eso.

Una de cal y otra de arena.

Lo bueno de no ser Cenicienta es no tener que vivir esperando que un hada madrina me toque con su varita mágica y modifique mi existencia.
Las verdaderas princesas luchamos contra todo y buscamos la forma de salir adelante.

Porque sabemos que el esfuerzo y la perseverancia pueden más que la magia.

Y porque a pesar de todo, mantenemos la ilusión intacta...





El de la foto es mi papá

domingo, 16 de mayo de 2010

El regalo




Durante toda mi infancia y mi adolescencia mis padres se peleaban entre sí por darme el mejor regalo de cumpleaños.
Pasaban meses discutiendo sobre cuál podía ser el mejor y competían por darme cosas caras y sumamente llamativas poco adecuadas para mi edad.
Cada año apostaban quién me daría el mejor regalo. Nunca quedaba muy claro quién ganaba y yo no tomaba partido por nadie pero agradecía todo con la misma forzada efusividad.
Una mañana, un mes antes de mi cumpleaños número 20, mientras desayunábamos, saqué una revista de un enorme revistero que teníamos en la cocina y me puse a leerla.
Adentro, encontré la foto de una polvera muy antigua de plata con incrustaciones en lapislázuli.
Miré la inscripción que la acompañaba y no pude evitar suspirar al descubrir que era de fines del XVIII. Imaginé que el precio debía ser exorbitante no solo por su belleza sino también por su antigüedad.
Con un gesto de fastidio puse la revista en su lugar y volví a suspirar. Mi padre me dijo:

- ¿A qué viene tanto suspiro?
- Nada nada… Algo que vi en una revista que me encantó.
- ¿En cuál?
- Nada que vaya a comprarme papá...

Sin decir más me fui de la cocina y 5 minutos después me olvidé completamente del asunto.
El día de mi cumpleaños me desperté y encontré un paquetito bajo mi almohada.
Lo abrí y me encontré con la polvera.
Me levanté inmediatamente y corrí a la cocina a buscar a mi papá que estaba desayunando.
Lo abracé y le dije:

- ¿Cómo pudiste saber exactamente lo que quería?
- En realidad no estaba seguro… Revisé revista por revista hasta que encontré la que creía estabas mirando y vi la doble página con cosas para regalar…
- ¡Se ve que me conocés papá!

Con cara de culpa me dijo:

- Bueno… Tenía mis dudas…

Se levantó y me pidió que lo acompañara hasta el escritorio. Entramos y me encontré con muchos paquetes en el piso envueltos para regalo…

- Como no estaba seguro compré todas las otras cosas que había en la revista que pensé que podían gustarte…

Lo miré con los ojos llenos de lágrimas. Le dije bajito:

- Este año ganaste vos.
- Pero si todavía no viste todo lo que te compró tu mamá…

Apenas pude susurrar antes de ponerme a llorar:

- Vos buscaste la revista…

jueves, 1 de octubre de 2009

Homenaje a mi papá

Hoy 1ro de octubre se cumple un nuevo aniversario de la muerte de mi padre. Este post ya había sido publicado pero lo reedito como un sencillo recuerdo a su memoria.No admite comentarios


Por aquellos que amé



Mi viejo murió hace demasiados años como para tener presente cada una de las líneas de su cara.
Pero aún así...lo recuerdo o por lo menos recuerdo la idea de él, de su protección incondicional hacia aquellos que amaba, su increíble capacidad para tener una solución a casi todos los problemas y su irrefrenable mal carácter.
Tenía frases que pasaron al acervo cultural familiar, como cuando decía poniendo un dedo sobre una de nuestras orejas dejame descansar el dedo que lo tengo muy cansado o mirando directo a los ojos no esperaba menos de vos, si las notas de mi boletín de calificaciones eran buenas o ¿viene en colores ahora?, si eran malas.
Tenía amigos, muchos, con quienes compartía los sábados de fútbol en la quinta de los Allona, donde muchas veces lo esperé sentada detrás del arco, disfrutando su presencia.
Era un hombre de silencios, de muchos apodos (el loco prieto, el conde, el trompa), de códigos sencillos y de enorme voluntad.
Con él aprendí que los brazos no se bajan, que siempre hay tiempo para cambiar las cosas, que arrepentirse no es mala palabra y que siempre hay que intentar sobrevivir, cueste lo que cueste.
Tenía una fe casi irracional en mí y en mi capacidad para el estudio y el trabajo; sus expectativas eran tan altas que más de una vez me preocupó defraudarlo.
Hoy, si hubiera un lugar donde dejarle un mensaje a los que no están, escribiría esto, sólo entre él y yo:

- Me gradué en la vida con honores

Sé que entendería.

sábado, 28 de marzo de 2009

Por aquellos que amé




Mi viejo murió hace demasiados años como para tener presente cada una de las líneas de su cara.
Pero aún así…lo recuerdo o por lo menos recuerdo la idea de él, de su protección incondicional hacia aquellos que amaba, su increíble capacidad para tener una solución a casi todos los problemas y su irrefrenable mal carácter.
Tenía frases que pasaron al acervo cultural familiar, como cuando decía poniendo un dedo sobre una de nuestras orejas “dejame descansar el dedo que lo tengo muy cansado” o mirando directo a los ojos “no esperaba menos de vos”, si las notas de mi boletín de calificaciones eran buenas o “¿viene en colores ahora?”, si eran malas.
Tenía amigos, muchos, con quienes compartía los sábados de fútbol en la quinta de los Allona, donde muchas veces lo esperé sentada atrás del arco, disfrutando su presencia.
Era un hombre de silencios, de muchos apodos (el loco prieto, el conde, el trompa), de códigos sencillos y de enorme voluntad.
Con él aprendí que los brazos no se bajan, que siempre hay tiempo para cambiar las cosas, que arrepentirse no es mala palabra y que siempre hay que intentar sobrevivir, cueste lo que cueste.
Tenía una fe casi irracional en mí y en mi capacidad para el estudio y el trabajo, sus expectativas eran tan altas que más de una vez me preocupó defraudarlo.
Hoy, si hubiera un lugar donde dejarle un mensaje a los que no están, escribiría esto, sólo entre él y yo:

- Me gradué en la vida con honores

Sé que entendería.